El kintsugi, también conocido como carpintería de oro, es una técnica artesanal surgida en el lejano oriente hace cinco siglos que se ha transformado en toda una filosofía de vida. Una metáfora de cómo resistir antes las adversidades y sobrellevar las cicatrices que nos encontramos por el camino.

La historia nos traslada hasta Japón, donde el shogun (general del ejército del país nipón) Ashikaga Yoshimasa quiso reparar dos tazas de té que se le habían roto en pedazos. Tras un primer intento en la vecina China, con un resultado insatisfactorio ya que volvieron con unas feas grapas de metal, Yoshimasa decidió buscar la solución en artesanos de su propio país.

Utilizando un barniz o resina espolvoreada con oro consiguieron reparar los restos de las piezas cerámicas con su forma original, pero dejando entrever unas cicatrices doradas que simbolizaban el desgaste por el inexorable paso del tiempo. Paradójicamente, los cuencos tratados con la práctica del Kintsugi llegaron a ser más preciados incluso que los originales.

De técnica artesanal a filosofía de vida

Esta técnica artesanal ha evolucionado hasta transformarse en una auténtica filosofía de vida actualmente, qué nos enseña a dar valor a las imperfecciones, a aceptar el daño y a no avergonzarnos ni ocultar nuestras heridas del pasado.

En nuestra sociedad actual, ultra competitiva y que exige la perfección, el fracaso y el desencanto están a la orden del día. Somos frágiles a nivel físico y a nivel psicológico, cuando algo va mal nos sentimos tan rotos como esas tazas de té caídas, lo que nos produce una serie de cicatrices que nos van marcando.

En ocasiones tendemos a esconder nuestro dolor y las cicatrices que nos han ido quedando ya sea por vergüenza, por miedo al recuerdo o por no querer enfrentarnos a lo que nos produjo el daño. El problema es que escondiéndolo no podemos aprender de ello. Si lo tapamos y no dedicamos el tiempo suficiente a curarnos, a enfrentarnos a ello, a reflexionar y reconstruirnos, la herida seguirá debilitándonos y, probablemente, aunque de manera leve, siempre siga sangrando.

El éxito, entonces, pasa por dejar las expectativas ajenas a un lado, un proceso que puede llevar tiempo, como tiempo llevaba la técnica del Kintsugi que necesitaba de semanas e incluso meses para lograr la cohesión de los elementos. Al igual que las piezas cerámicas mostraban orgullosas sus cicatrices, nosotros también podemos sobrellevar todos los golpes, tanto físicos como emocionales que nos da la propia existencia.

Enseñanzas que nos aporta el arte del Kintsugi

El arte del Kintsugi nos enseña a valorar nuestros errores del pasado y a no despreciarlos. Tenemos dos formas de tomarnos la vida, viendo las experiencias negativas como momentos terribles en nuestra vida, intentando pensar que nunca han ocurrido, o podemos verlas como una fase de crecimiento esencial (e inevitable) que nos hace ser más conscientes.

Si para reparar los trozos de cerámica rotos en pedazos usaban laca y polvo de oro, para repararnos a nosotros mismos tenemos que centrarnos en nuestros puntos fuertes. Hay que fomentar nuestra autoestima, descubrir en nosotros mismos aquellas habilidades en las que destaquemos.

Por este motivo, estas cicatrices siempre es conveniente tratarlas, porque de lo contrario pueden producir un dolor en nuestro cuerpo y generar un trauma. Por ello, puedes visitar otra entrada del blog, Las cicatrices de la vida, donde explico todo lo relacionado con ello.

Cuando somos capaces de superar situaciones que nos han dañado y dejado huella negativa en nosotros, deja de tener sentido esconder las cicatrices. Es el momento, al igual que los cuencos de cerámica, de lucir con orgullo nuestro afán de superación.