Absolutamente nadie se libra de tener una o varias cicatrices en su cuerpo, comenzando con la rotura del cordón umbilical que nos une físicamente a la madre y que nos deja marcados desde el primer momento de nuestra vida con una cicatriz en el ombligo. 

Desde accidentes, pasando por cirugías, enfermedades hasta el acné o los tatuajes. Todos hemos vivido alguna de estas situaciones que han dejado, en mayor o menor medida, huella en nuestra piel, pero que también han impactado en nuestra psique.

Hay cicatrices que por su apariencia y localización son difíciles de olvidar, incluso conectan directamente con el dolor de la situación que las produjo. Viajar a esos momentos traumáticos no es agradable, aunque nos acostumbremos y no le prestemos atención. Con el paso del tiempo provocarán, si realmente son profundas, dolor en lugares sin relación aparente.

Afecciones físicas de las cicatrices

Las cicatrices impiden la libre circulación de los fluidos en el cuerpo (sangre, líquidos extracelulares, linfa…). Son interferencias en el campo energético del cuerpo, generan adherencias subcutáneas y dejan el tejido duro y sin elasticidad.

Uno de los tejidos que más se ven afectados por las cicatrices es la fascia, membrana extraordinaria compuesta mayoritariamente por agua que envuelve músculos y órganos, le da globalidad e idea de unidad al cuerpo y permite que circule la información. Dándole flexibilidad al tejido donde se encuentra la cicatriz podemos recuperarnos de un dolor, en ocasiones cronificado, o prevenirlo. 

Estas cicatrices generan dolor incluso en zonas que aparentemente no están relacionadas y pueden afectar a la postura y biomecánica del cuerpo. Por ejemplo, una cesárea puede producir daño en la zona lumbar o una cicatriz de apendicitis puede provocar dolor en la pierna derecha al caminar. 

Impacto psicológico de las cicatrices

Por otro lado, en las cicatrices se fijan emociones y pueden ser motivo de vergüenza, sobre todo si son queloides (crecimientos exagerados del tejido cicatrizal en el sitio de una lesión). Las emociones quedan atrapadas en estas heridas, más aún si se produjeron con mucho dolor o en un momento y situación traumática. También son lugares donde suelen aparecer reservorios de patógenos.

Tanto si son cicatrices antiguas como recientes, es muy importante trabajarlas para, no sólo mejorar su estética, sino también para desensibilizar posibles traumas. Hay que comprender que en la zona está pasando algo y que es necesario trabajar más allá de la apariencia.

Es necesario modificar la creencia negativa que nos hace revivir el trauma ya que esta cicatriz se formó en el cuerpo en un intento de reparar una situación extrema, en muchas ocasiones salvándonos la vida. Hay que pensar con amor y gratitud hacia nosotros mismos y en el infinito poder de transformación

Ayuda a tus cicatrices a sanar, a pasar página y a modificar su apariencia, haciendo evolucionar ese tejido y la experiencia vivida en sabiduría. Te sorprenderá su manera de agradecer cuando veas que algunas de las dolencias físicas comienzan a remitir.

Trasládate al pasado a través de tus cicatrices, transmutando una experiencia negativa, pero esta vez para ayudarte a tí misma a superar un trauma emocional. Lo que hagas hoy influirá en el presente, en el futuro y aunque parezca mentira también en el pasado.

¿Cómo lo puedes hacer?

Tanto si es por cuestión estética o por salud física y emocional, mi recomendación es tratarlas siempre, ya sean recientes o antiguas. Para ello hay tratamientos que funcionan de maravilla.

Particularmente me decanto por trabajar estas lesiones con biomagnetismo, masajes que ayudan a despegar el tejido, aplicación de activos en sinergias personalizadas dependiendo del caso, fotobioestimulación HED si son recientes, por ejemplo después de una cirugía o accidente, o flores de Bach.

Muy relacionada con las cicatrices de la vida, hace cinco siglos en Japón surgió una técnica artesanal llamada Kintsugi, que consistía en reparar cuencos de cerámicas rotos en pedazos, quedando señaladas las marcas de su deterioro.

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